segunda-feira, 25 de maio de 2009

El misterio de la gardenia

                                                                                                       
El misterio de la gardenia
Por Marsha Arons

Cada día de mi cumpleaños, desde que cumplí los 12, llegaba una gardenia blanca a mi casa, en Bethesda, Maryland. El regalo no llevaba tarjeta ni mensaje alguno, y en la florería no podían darme ningun informe, pues el pago se hacía en efectivo. Al cabo de un tiempo dejé de tratar de descubrir la identidad del remitente, y me limité a disfrutar de la belleza y el embriagador perfume de esa flor mágica y perfecta que venía en un nido de suave papel de seda rosado.
Más nunca dejé de pensar en quién podría ser ese anónimo obsequiante. Pasé momentos felicísimos fantaseando con alguien maravilloso y apasionado, pero demasiado tímido para revelar su identidad.
Mi madre alimentó esas fantasías. Me preguntaba si ese misterioso ser no sería alguien a quien yo le hubiera hecho un favor especial. Quizá la vecina a la que solía ayudar a descargar su auto lleno de compras, o tal vez el anciano de la casa de enfrente cuya correspondencia recogía yo durante el invierno para que no se aventurara a bajar los resbaladizos escalones. Pero como adolescente que era, me ilusionaba más suponer que podría tratarse de un chico que a mí me gustaba, o de uno que se hubiera fijado en mí pero al que yo no conocía.

Continuará...









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