
Reconocí su voz ronca y su risa fuerte, su esbelta silueta de piernas largas. Hizo algunas bromas al saludarme- "¡ Cómo! ¿Tú eres el hijito de Dorita, ese chiquito llorón de Cochabamba?"- , me preguntó qué hacia y se sorprendió cuando el tío Lucho le contó que además de estudiante de Letras y Derecho, escribía en los periódicos y hasta había ganado un premio literario. "¿Pero qué edad tiene ya?" "Diecinueve años". Ella tenía treinta y dos pero no los aparentaba pues se la veía joven y guapa. Al despedirnos, me dijo que si mis " pololas " me dejaban libre, la acompañara al cine alguna noche. Y que, por supuesto, ella pegaría las entradas.
La verdad es que no tenía enamorada desde hacía buen tiempo. Salvo el platónico enamoramiento con Lea. En los últimos años de mi vida había estado consagrado a escribir, leer, estudiar y hacer política.
Estoy segurísimo, eso sí, por un episodio posterior, de que en ese primer encuentro no me enamoré de Julia ni pensé mucho en ella luego de despedirnos, ni, probablemente, después de las dos o tres veces siguientes que la vi, siempre en casa de los tíos Lucho y Olga. Una noche, luego de varias horas de una de esas reuniones conspiratorias que teníamos con frecuencia en casa de Luis Jaime Cisneros, al regresar a la Quinta de la calle Porta, encontré una nota del abuelo sobre mi cama: "Dice tu tío Lucho que eres un salvaje, que quedaste en ir al cine con Julita y no apareciste". En efecto, lo había olvidado por completo.
Corrí al día siguiente a una florería de la avenida Larco y le mandé a Julia un ramo de rosas rojas con una tarjeta que decía: "Rendidas excusas". Cuando fui a disculparme esa tarde, luego del trabajo, Julia no me guardaba rencor y me hizo muchas bromas por haberle mandado rosas rojas.
Ese mismo día, o muy pronto, empezamos a ir al cine juntos, a la función de noche, íbamos casi siempre a pie, a menudo al cine Barranco, cruzando la Quebrada de Armendáriz y el pequeño zoológico que existía entonces alrededor de la laguna. O al Leuro, de Benavides, y a veces hasta el Colina, lo que significaba una caminata cerca de una hora. Todas las veces teníamos discusiones por que yo no la dejaba pagar las entradas. Veíamos melodramas Mexicanos, comedias Americanas, de vaqueros y de gansters. Conversábamos de muchas cosas y yo comencé a contarle que quería ser escritor y que , apenas pudiera , me iría a vivir a Paris. Ella ya no me trataba como a un chiquitín pero no se le pasaba por la cabeza sin duda , que pudiera llegar a ser alguna vez algo mas que su acompañante al cine las noches que tenia libres.
Como yo estaba siempre cayendo por su casa y el tío Lucho y la tía Olga salían con frecuencia, me llevaban con ellos y las circunstancias me convertían en la pareja de Julita. El tío Lucho era aficionado a las carreras de caballos y fuimos algunas veces al hipódromo y el cumpleaños de la tía Olga, el 16 de junio, lo celebramos los cuatro, en el Grill de Bolívar, donde se podía cenar y bailar. En una de esas piezas que bailábamos, yo bese a Julia en la mejilla, y cuando ella apartó la cara para mirarme, la volví a besar, esta vez en los labios. No me dijo nada pero puso una expresión de estupor, como si hubiera visto a un aparecido. Mas tarde, volviendo a Miraflores en el auto de tío Lucho, le cogí la mano en la oscuridad y no la apartó.
(Texto extraído de las memorias de Mario Vargas Llosa en El pez en el agua)
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